Al tocar la última campanada de las doce de la noche de Difuntos, una vaga fosforescencia iluminó ténuemente el recinto del claustro de la Catedral. Lentamente la luz se fue condensando en algunos lugares formando unos núcleos que irradiaban un débil resplandor. La luna iluminó la pared norte del claustro rozando las ramas del gran abeto. Y los puntos de luz empezaron a alargarse y a adquirir forma: los fantasmas de Girona empezaban a manifestarse para mostrar su presencia en la reunión que cada año, la misma noche de ánimas, se celebraba entre los muros románicos de la Catedral.

Algunas formas empezaron ya a ser reconocibles. En su capilla de San Rafael, la figura fantasmal de Leonor de Cabrera salió de su sepultura y se puso a corregir los pliegues del vestido de su propia estatua yacente. Con una sonrisa melancólica contempló la flor de papel descolorida que algún estudiante había dejado entre sus manos de piedra. Al Lado del pozo se perfiló cada vez con mayor nitidez la tétrica figura de Fray Eymerich de Girona, con su Directorium Inquisitorium bajo el brazo. Con aquel terrible Directorium, que conjuntamente con el Malleus Maleficarum de Sprenger fueron los libros de consulta de todos los inquisidores de Europa, que siguiendo sus instrucciones detuvieron y juzgaron a centenares de hombres y mujeres que fueron quemados vivos como brujos o brujas. Fray Eymerich se encongió en su hábito dominico y miró hacia arriba. Y allí, con su boca eternamente abierta, estaba la "Bruja". Salieron chispas de los ojos del fraile y empezó a gritar: "Baja, maldita bruja! Si te atrapo te haré quemar enmedio de la plaza del Vino". Pero la "Bruja" reia sotto voce, musitando: "Sube, anda, si puedes...".

Al pie de la escalera del "celler" estaba Álvarez de Castro que, una poco incómodo entre tanto clérigo, blandía su sable y pronunciaba sonoros discursos que nadie escuchaba. Solamente el fantasma de Pepet Gitano, fumando su eterno caliqueño, le miraba con aire socarrón. Al barbudo rabino Bonastruc de Porta, que había desplazado su forma corporal desde su tumba de Haifa, al otro extremo del Mediterráneo, expresamente para acudir a la reunión, le habían negado la entrada al claustro sagrado por su condición de judio. Para consolarse, se había sentado en el punto más alto de la Torre de Carlomagno y explicaba sus eruditos comentarios sobre el Talmud ante un grupo de atónitas lechuzas que le miraban con sus redondos ojos muy abiertos. Sentados en los primeros escalones de la entrada, Fray Francesch Eiximenis y el obispo Lorenzana discutían plácidamente sobre teologia. Al oir pasos, los dos santos hombres interrumpieron su coloquio para contemplar el fantasma de una vieja beata con gafas azules, y un gran rosario que iba murmurando admirada: "Oh, que antiguo es todo esto: debe ser de los tiempos de los moros...".

En el fondo del pozo estaba San Félix. Cuan lo arrojaron al mar enfrente de San Feliu de Guíxols, atado a una rueda de molino, le cogió gusto a las profundidades marinas y ahora se sentía muy cómodo sumergido en el agua hasta el cuello. Y le explicaba a una sorprendida lagartija que se aferraba a una de las piedras del pozo, histórias de barcos naufragados y de grandes cetáceos, y donde estaban los maravillosos lugares en los que una mágica luminosidad azul bañaba rocas y corales, peces y ánforas rotas. Cuando empezó a describir, muy entusiasmado, las características del Carassius auratus, con sus doradas escamas, y del Aphyocarax rubropinnis, plata y oro, la lagartija movió nerviosamente la cola y desaparecio por una grieta entre las piedras.

Paseando majestuosamento sobre las losas, el «venerable padre en Cristo, por la divina miseración obispo de Girona», Bernat de Pau, meditaba los términos en los que debía dirigirse a los oficiales y pueblo de Castelló de Empúries, para comunicarles que los castigaba imponiendo interdicto eclesiástico a toda la villa. Sí, que el amanuense, con su mejor y más pulida caligrafía, les escribiese "amonestando al pueblo de no participar en los dichos oficios y tocando campanas y cantando salmos de maldición i otras coses insólitas...". Embriagado en su propia elocuencia, Su Excelencia Reverendísima hizo ondear airosamente su magnífica capa pluvial, bordada con el animal heráldico de su apellido, el «pau», el paó (pavo real).

Y entonces, com si hubiese sido un gesto mágico, los pavos reales bordados abrieron sus esplendorosas colas. Y en el mismo instante, en toda Girona, en todas partes donde figuraban esculpidos los «paus» de Bernat, éstos abrieron sus colas de piedra haciendo la rueda en honor de su amo y señor. En las naves de la Catedral, en el claustro, en la plaza de los Lledoners y en los callejones, en lápidas y monumentos, centenares de pavos reales lucían el círculo radiante de sus plumas.

Como si fuese una señal, todas las figuras de piedra del claustro tomaron vida. En sus capiteles, Noé y sus hijos cortaban ansiosamente la madera para construir el Arca, los pájaros picoteaban las uvas y los dragones se mordían furiosamente la cola los unos a los otros. Melchor, Gaspar y Baltasar galopaban sobre sus caballitos dando vueltas al capitel mientras Pedro Botero y sus cornudos ayudantes añadían leña a la gran caldera en la que ardían unos condenados con aire de bobos. Las mujeres de los capiteles bajaron al pequeño estanque a lavar la ropa. Eva, Sara y Dalila restregaron los pétreos vestidos de los santos y los patriarcas dejando el agua llena de povo y cal. Los peces se agitaron inquietos haciendo cosquillas al agua. Los leones que sustentaban los sepulcros rugían cansadamente mientras los ángeles que sostenían la corona de La Virgen del Bell Ull volaban veloces y juguetones bajo la bóveda llevando la corona de un lado a otro. La Virgen sonreia mirando enternecida al Niño que jugaba intentando coger a los ángeles al vuelo, como si fuesen pajaritos. En medio de aquel barullo, la puerta afilada de un rayo de sol trazó una línea dorada por encima del claustro. Y todas las formas fantasmales se disolvieron en un remolino de luz mientras las figuras de piedra se inmovilizaban en sus sepulcros, altares y capiteles. Una de las cabezas de caballo que adornan las rejas de las ventanas del archivo relinchó con voz de hierro oxidado. Después, el silencio.

Un poco más tarde, sobre el césped verde y tierno cubierto de rocío, un pajarito empezó a cantar.

Carles Vivó i Siqués (1930-2005)


Artículo publicado en Diari de Girona, el 29 de octubre de 1966, y reproducido en la edición del 1 de septiembre de 2007.

Web del Diari de Girona

El claustro de la Catedral.


Escudo de los Pau en una lápida mortuoria del claustro de la Catedral.


El abeto del claustro de la Catedral.

Los leones que sustentaban los sepulcros rugían cansadamente...

Back