Pedro de Rocabertí, capitán de la Força. Dibujo de Félix Xunclá. Publicado en el cartel de El Baluard, 2000. La figura está basada en diversas representaciones de armaduras de caballeros de la época. El escudo es el que se indica como generalitzado, a partir del siglo XIV, entre las diversas ramas de la dinastía, según la obra de A. y A. García Carraffa (ver bibliografía).


El rey Juan II. Dibujo de Félix Xunclá, 2000. La figura está basada en la miniatura, coloreada, del Cartulario del Arxivo de Saint-Rémy, Francia, en la que se muestra al rey con las armas de Aragón y de Navarra, tanto en su vestimenta como en los protectores del caballo, repitiéndose indefinidamente. A destacar el casco coronado que, en el original, el rey lleva colocado en la cabeza.


El príncipe de Viana. Dibujo de Félix Xunclá, 2000. Basado en la miniatura del libro de Fernando de Bolea "Cartas a los reyes de Aragón, Castilla y Portugal", copiado en el año 1480 y conservado en la Biblioteca Nacional de Madrid.


Arquero francés de las tropas de Gastón de Foix. Dibujo de Félix Xunclá, 2000. Diversas fuentes iconográficas muestran arqueros franceses de principios del tercer cuarto del siglo XV vestidos y armados tal com se muestra en el dibujo. En este caso se muestra con un arco corto, reservando el largo para el oficial.


Soldado de infantería de las tropas del Principado. Dibujo de Félix Xunclá, 2000. La figura está basada tanto en lo que se refiere a la vestimenta como al armamento en diversas representaciones iconográficas contemporáneas. Al no existir una uniformidad, tal como la entendemos hoy, el aspecto de estos guerreros se podía diversificar indefinidamente.


Capitán de arqueros franceses de las tropas de Gastón de Foix. Dibujo de Félix Xunclá, 2000. Este oficial se ha representado siguiendo los detalles de la miniatura contemporánea en la que se ha basat (Palacio de los Uffizi, Floréncia), con un arco largo, arma de una precisión y alcance terribles en la época. Asimismo, se muestra considerablemente armado, con puñal, espada y armadura sobre una cota de mallas.


Ballestero de las tropas del Principado. Dibujo de Félix Xunclé, 2000. La figura está basada en una representación pictórica contemporánea, el Martirio de los Santos Sebastián y Policarpo, obra anónima que se conserva en el Museo del Prado, de Madrid. Como en el caso del soldado de infantería, la diversidad en la vestimenta era notable. Para el arma y los pasadores (saetas), la base documental han sido piezas auténticas conservadas en diversos museos, entre ellos, la colección que perteneció a Carlos V y que se conserva en El Escorial.


Puerta denominada "de la Reina Juana" en la Torre Gironella.


El rey Juan II. Pintura de Manuel Aguirre y Monsalbe (1885), Wikipédia.


El rey Enrique IV de Castilla. Libro de las Genealogias de los Reyes, de Alonso de Cartagena. Wikipédia.


Caballero francés. History of France. M. Guizot. (Gutenberg Project).


El príncipe de Viana. Miniatura de la obra de Fernando de Bolea "Cartas a los reyes de Aragón, Castilla y Portugal", copiado en el año 1480 y conservado en la Biblioteca Nacional de Madrid. (Wikipédia).


Asalto a una fortaleza. History of France. M. Guizot. (Gutenberg Project).


Muerte de Gastón de Foix. (Wikipédia).


Carga de caballeros franceses. History of France. M. Guizot. (Gutenberg Project).


Escudo de armas de Pedro de Rocabertí. Según se menciona en El Solar Catalán, Valenciano y Balear, de A. y A. Garcia Carraffa, con la colaboración de Armando de Fluviá. Ejemplar 635, Tom IV, págs. 52, 53 i 54, Libreria Internacional, San Sebastián, 1968: Las primitivas armas del linaje eran, en campo de oro, siete roques de ajedres, de azur, puestos en situación de palo, tres en el centro del campo, y dos en cada flanco [...] En el siglo XIII los Rocabertí traian, de gules, con dos palos de oro, cargado con uno con tres roques de azur [...] este escudo aparece acrecentado en el mismo siglo XIII y muy generalizado en el XIV con esta organización: en campo de gules, tres palos de oro, cargados cada uno con tres roques de azur [...]. Es sin duda el que más se generalizó entre las diversas ramas del linaje, y el único que muchos autores recogen y describen como correspondiente a los Rocabertí..


Torre del portal de San Cristóbal.


Bombarda de la época del sitio de la Força (Wikipédia).

El sitio de la Força de 1462.

0. Antecedentes.

El rasgo que caracteriza la Cataluña del siglo XV son los disturbios y las guerras civiles, y las nefastas consecuencias que conllevaron tanto para el desarrollo económico como demográfico del pais. Enfrentamientos entre la Biga, que representaba la oligarquía, y la Busca, la cuestión remensa, y, a principios del tercer cuarto del siglo, la guerra civil (1462-1472) provocada por la sucesión al trono, guerra de la cual el sitio de la Força sería el primer episodio militar, y que escindió a los catalanes durante once años, en dos bandos antagónicos. El enfrentamiento no era sino el estallido de un conjunto de antagonismos políticos y sociales que se incubaban desde hacía tiempo, y que la detención del príncipe Carlos de Viana, a finales de 1460, por su padre Juan II, hermano y sucesor de Alfonso el Magnánimo, precipitó. La airada reacción del pueble obtuvo la libertad del príncepe, pero también la Capitulación de Vilafranca, instrumento cuyo objetivo era limitar las atribuciones de la monarquía, y establecer un sistema pactista; el gobierno real era concebido como un pacto entre el soberano y el pais, y esto en una época en la que por toda Europa se afirmaba, cada vez más, el autoritarismo de los reyes.

No obstante, la Capitulación era, en principio, puramente un instrumento teórico; era necesario elaborar las leyes de aplicación práctica. Hasta su aceptación, el rey Juan se comprometió a no entrar en Cataluña, y accedió a que, provisionalmente, su autoridad estuviese representada por el Primogénito-Lugarteniente General, que era su segundo hijo Carlos de Viana. Su muerte a causa de una tisis, en septiembre de 1461, complicó áun más las relaciones entre la realeza y los organismos representativos del pais, la Diputación del General, el Consejo municipal de Barcelona -el Consejo de Ciento-, y sobretodo, el Consejo del Principado, institución que había sido creada medio año antes, con motivo de la detención del príncipe Carlos, con los poderes delegados de las extinguidas Cortes de Lleida, y que sería el más alto organismo político del pais.


1. La cuestión sucesoria.

A la muerte del príncipe Carlos de Viana, el nuevo Primogénito aceptado por los catalanes era el infante Fernando -el futuro Rey Católico-. Dado que, entonces, era un infante de 10 años, el rey Juan II aprovechó las circunstáncias para introducir en Barcelona a la reina Juana Enríquez, madre del infante, con el carácter de Institutriz del nuevo pequeño Lugarteniente General. La reina Juana, hija del almirante de Castilla Federico Enríquez, que era mucho más joven que su marido -Juan tenía entonces 64 años y ella 37-, no era la persona más adecuada para colaborar con el Consejo del Principado en el desarrollo de la Capitulación de Vilafranca; de ninguna forma podia estar de acuerdo con la limitación de la autoridad real que se proponía. En realidad, su misión era debilitar tanto como fuese posible las cláusulas, y, aún más importante, dividir le opinión de los participantes en favor de su real marido. En esta tarea contaba con el apoyo de un partido realista a ultranza.

De hecho, la situación entre los dirigentes catalanes era aún más complicada; por una parte los mencionados realistas, con una posición inmobilista, por otra, los que querian llegar a un desarrollo de la Capitulación y establecer los límites del poder real, pero aún unos terceros, una minoría radical, quería llegar a la liquidación de la dinastía, que consideraban incapaz de gobernar bajo los principios del pactismo, y de buscar otro soberano, o bien instituir una república por el estilo de Venecia o Génova.

Así, durante los seis meses que la reina permaneció en Barcelona, acompañada de su hijo, las relaciones con los organismos representativos del Principado fueron duras. En marzo de 1462 la reina decidió trasladarse a Girona, cerca de donde se habían producido, desde principios de año, los primeros alzamientos de payeses de remensa contra sus señores: el Empordá y la Montaña gerundense.

Panorámica del Salón de Ciento, Barcelona (Wikipédia).


2. La reina Juana en Girona.

El Consejo del Principado había tomado la decisión de levantar un ejército para combatir los payeses -sesiones del 5 y 8 de marzo-, si la reina-institutriz no conseguía dominar la situación. Este acuerdo precipitó la salida de la reina de Barcelona, quien quería aprovechar las circunstancias para, si salía victoriosa, conseguir un prestigio que reforzaría la autoridad real ante la oligarquía del país y anularía sus enemigos. A este aspecto cabe añadir su consideración de que, lejos de Barcelona, gozaría de una libertad personal mayor. Las consecuencias reales de su ausencia, pero, irian en su contra: la distancia aumentó aún más la radicalidad de los dos bandos y facilitó los malentendidos. Los acontecimientos se aceleraron y un conflicto interferió en el otro, potenciándose mutuamente.

Desde su llegada a Girona, la reina se dedicó a propagar los argumentos de la realeza y conseguir ganarse el apoyo de algunos prohombres de la ciudad(1), valiosos pero individuales; la reina no consiguió hacerse en Girona un estado de opinión popular que le fuese favorable, así como tampoco consiguió imponer sus argumentos al Consejo Municipal, que se negó repetidamente a hacer una declaración oficial condenando la actitud de los organismos del Principado.


3. El levantamiento de las tropas de Hugo Roger de Pallars.

El 23 de abril, ante el incremento de la magnitud de la revuelta payesa, los Jurados de la ciudad mobilizaron a los vecinos, y prepararon las defensas de la ciudad. Al día siguiente, el 24, el Consejo del Principado, enterado por un mensaje de la ciudad de Vic de que el notario Serrolí, gran abogado de los payeses, iba por la comarcasuscitando i conmoviendo con gran diligencia los dichos hombres de remensa, acordó pagar soldada de tres meses a 300 caballeros con 100 lanzas y un millar de infantes. El dia 28 fué nombrado comandante del ejército el conde Hugo Roger de Pallars(2). Al llegar la notícia a Girona, la reina decretó inmediatamente, el día 30, la ilegalidad del levantamiento de la hueste sin su consentimiento expreso. Por su parte, los Diputados y el Consejo prohibieron la publicación de la llamada real -3 de mayo-; estas órdenes contradictórias de los dos estamentos no hacían sino confundir aún más la situación que se vivía.

Las autoridades locales no sabían con exactitud qué tenían que hacer; las dos autoridades eran legítimas, pero las órdenes, contradictórias. En Girona, el diputado Francisco Sampsó quería hacer llamadas con la orden de la Diputación, pero la reina Juana le coaccionó para que desistiera; la reina no quiso escuchar al diputado y le despedió enérgicamente.

Las llamadas contrárias del 30 de abril y del 3 de mayo materializaban lo que de hecho ya se había producido: una rotura definitiva entre la reina-institutriz y los organismos de Barcelona. Así, el 9 de mayo salían de Barcelona en dirección norte los primeros pelotones de la hueste del Principado, comandados por el capitán Pedro de Belloch, mientras que la reina, por su parte, se preparaba para oponerse por la fuerza de las armas al ejército del Principado.


4. Pedro de Rocabertí, capitán de la Força y ciudad de Girona.

La reina convocó a los Jurados de la ciudad y el pleno del Consejo municipal el día 13, y se presentó en la Casa de la Ciudad acompañada por su hijo, el infante Fernando, diversos consejeros y funcionarios, y el caballero Pedro de Rocabertí, a quien acababa de nombrar capitán de la Força y la ciudad de Girona. La reina ya se había dirigido a los Jurados unos días antes, sin efecto, pero ahora esperaba conmoverlos: en la ciudad de Barcelona se hacían algunos preparativos de gentes de armas y otras cosas de las que estaba en duda no fuesen algún tanto en desfavor de su persona y del Iltre. Primogénito y contra consejeros y servidores suyos. . Despedida la reina, los regidores acordaron redactar su respuesta en la que estaban dispuestos a defender la reina y el príncipe, como era su deber, excepto en el caso de que esto fuese contra libertades, privilegios del Principado y Constituciones generales de Cataluña y privilegios de la ciudad y usos de Barcelona; lo que equivalía a negar ayuda a la reina contra el ejército del Principado.

Para asegurar su posición, los Jurados enviaron dos embajadores al Consejo del Principado con el objetivo de evitar la guerra y obtener garantías que la hueste no iría contra Girona y los gerundenses. Su estancia en Barcelona coincidió con la ejecución de un número de conjurados de un gran complot realista que había sido descubierto un mes antes, y en el que participaron personajes notables, miembros del Consejo de Ciento. Según Sobrequés, cuando los dos patricios gerundenses volvieron a la ciudad, habrian podido decir a sus conciudadanos, como siglos antes Julio César, "alea jacta est".

La reina, ante el resultado negativo del Consejo general gerundense del día 13 de mayo y de la embajada de la ciudad en Barcelona, pensó en huir de Girona con su hijo y trasladarse a la nave real que tenía anclada desde hacía tiempo en el puerto de Sant Feliu de Guíxols. No obstante, ante las garantías de seguridad y defensa que le dieron sus seguidores y la minoría realista de Girona, y la ayuda que podía esperar de su esposo que estaba preparando un ejército per entrar en Cataluña desde Aragón, decidió defenderse en el enclave de la Força. Con este pensamiento, trasladó su residwncia al Palacio Episcopal, en el interior del viejo recinto, e hizo traer a la Força una gran cantidad de armas, municionos, pólvora y artillería, que tenía en la nave real de Sant Feliu.


5. La toma de Hostalric por Pedro de Belloch.

Asimismo, selló su alianza con Verntallat y sus bandas campesinas, y con él combinó un plan estratégico para cerrar el paso al ejército de Barcelona en Hostalric(3). Pero el anciano magnate Bernardo Joan se dejó sorprender por las vanguardias del ejército del Principado que, comandadas por Pedro de Belloch, después de haber expulsado las bandas de Verntallat, se apoderaron sin combate de la villa y el castillo de Hostalric (23 de mayo), tomándolo prisionero. Sus vasallos no se habían resistido al ejército del Principado, y, de hecho, habían entregado Hostalric a Belloch.

El 29 de mayo el Consejo del Principado ordenó la salida de Barcelona del grueso del ejército, decisión que fué precedida por la publicación, en primer lugar, de que el rey había cedido a Luis XI de Francia los condados del Rosellón y Cerdaña a cambio de su ayuda militar contra los catalanes; en segundo lugar, el llamado Avinença acordada entre los pagesos de remença e los senyors dels dits hòmens, (Pacto acordado entre los payeses de remensa y los señores de los dichos hombres) que había sido negociada por el Consejo entre algunos representantes de los señores y de los payeses del Llano de Vic y del Vallés, pacto que no era la solución definitiva, dada la poca representatividad de los participantes, pero que provocó la adhesión de mucha payesía, especialmente los del ala moderada (llanuras del litoral y pre-litoral) al partido de la Diputación. Los remensas de la Montaña gerundense, no obstante, siguieron aferrados al partido del rey, creyendo que la monarquía les ofrecía mejores garantías de justícia para la resolución de su pleito que los nobles y burgueses dirigentes del movimiento revolucionario.


6. Vientos de guerra sobre Girona.

El avance del ejército del Principado hacia Girona, la ocupación de Hostalric y la retirada de las bandas payesas de Verntallat, no daban otra oportunidad a la reina Juana que hacerse fuerte en Girona, confiando en la llegada su esposo. Mientras, llamó reiteradamente al estamento militar del norte, ordenando a los caballeros que acudiesen a Girona a defenderla; no diferenciaba, no obstante, entre aquellos que acudirían a colocarse a su lado, de los que se sumarían a las tropas del Principado. Asimismo también convocó a los payeses que seguían las banderas de sus abogados Serrolí y Jaime Ferrer, bandas, pero, que permanecieron a la expectativa por las montañas cercanas a la ciudad sin intervenir directamente(4).

El dia 31 de mayo llegó a Girona Luis Despuig, Maestre de Montesa, enviado por Juan II para dirigir la defensa de la ciudad; dos días más tarde también llegaba Martín Guerau de Cruilles, barón de Llagostera-Calonge, que había sido Camarlengo de Carlos de Viana, y que llevaba la misión real de asesorar a Despuig. Todas las actividades que se llevaban a cabo en la ciudad iban dirigidas a la fortificación del recinto amurallado de la Força(5).

El 5 de junio el ejército del Principado pernoctaba en Riudellots de la Selva. Ante la inminencia de la llegada a Girona, la reina ordenó repartir algunas armas entre los gerundenses movilizados y organizados en improvisadas milícias urbanas(6). Poco después del mediodía del domingo 6 de junio, la hueste del Principado llegaba al arrabal fuera murallas que se extendía alrededor del convento de Santa Clara y el hospital de Santa Catalina(7). El conde de Pallars se dispuso a alojar su gente en el mencionado arrabal, y desde este lugar dirigir las operaciones. Las puertas de las murallas estaban cerradas y el trozo de muralla visible estaba lleno de gente, a pesar de que los que estaban dispuestos a luchar eran muy pocos.

Francisco Sampsó, viendo que las tropas del Principado al mando del de Pallars distribuían el alojamiento, y esperando sacar algún provecho del momentáneo desorden, intentó una salida a través de la rambla y del rio, que bajaba casi seco, pero no consiguió sorprender sus adversarios. La agresión de los defensores provocó una reacción inmediataa en las filas del ejército del Principado, más furiosos que demonios, según el mismo conde de Pallars, mencionado por Sobrequés, que querían perseguir los gerundenses y que el general tuvo que hacer un gran esfuerzo para contenerlos. Sampsó, que aún no había vislumbrado el grueso del ejército, y dispuesto a llevar la iniciativa del combate, insistió, y subiendo a las almenas rodeado de gente armada, vociferaba avant, avant, canalla, xuixumeus e melrosats de Barchinona!, mientras sus hombres disparaban seis tiros de bombarda y una gran lluvia de saetas.


7. El ejército del Principado entra en la ciudad.

Ante la nueva agresión, más verbal que física, el conde de Pallars ya no pudo contener sus hombres; solamente pudo colocarlos en orden de combate para empezar inmediatamente el ataque: delante la infanteria bien cubierta con sus escudos, los ballesteros y los espingarderos empezaron a disparar contra los arqueros provocando muchas bajas entre los defensores y obligándolos a abandonar las murallas. Seguidamente, los atacantes llegaron hasta el portal, al que prendieron fuego; momentos después entraron en la plaza, y para su sorpresa la encontraron vacía de defensores. Sampsó y sus pocos hombres habían huido y se habían refugiado en la Força. Mientras que el ejército del Principado entraba por las calles de la ciudad, salían gentes de las casas aclamándolos: se abrieron las puertas del Mercadal y rápidamente toda la ciudad fué ocupada sin otro combate. Las tropas de Pallars habían sufrido ocho o diez heridos, y ninguno de gravedad. Entre los defensors del portal hubo algún muerto.

Ocupada la ciudad, las tropas del Principado qurían emprender inmediatamente el asalto de la Força, alentados por los gerundenses, el deseo de los cuales era alejar los combates del centro de la ciudad, y evitar las destrucciones que los defensores de la reina habían iniciado de las edificaciones pegadas a las murallas, para crear un foso o terreno neutro. Con este objetivo, y desde las últimas horas de la tarde y durante aquella noche incendiaron un gran número de casas de la calle Ballesterias y de la plaza de San Félix, mientras los gerundenses, como menciona el conde de Pallars en su desesperación, maldecían a los que les habían engañado y llevado a tan triste situación y rogaban que el ejército del Principado pusiese fin con un asalto inmediato.

Las tropas de Pallars, no obstante, no tenían órdenes concretas para proceder con violencia contra la reina y el príncipe, que en aquellos momentos eran aún dos instituciones. El conde desestimó un asalto, aún cuando ordenó a sus hombres que aquella noche durmiesen armados, a la vez que enviaba un mensaje a Barcelona solicitando autorización para proceder al asaltp, dado que ahora ya era evidente la resistencia que ofrecería la reina y los suyos a las fuerzas del Principado. En su mensaje, el conde decía que con la fúria de sus hombres se podía llegar hasta Paris, y que se atribuía la victória a la intervención milagrosa de San Carlos de Viana; la veneración al príncipe Carlos como santo duró un cierto tiempo, y enraizó rápidamente en algunos sectores de la sociedad.

Algunps hombres del ejército de Pallars, actuando como francotiradores, atacaban a los incendiarios desde las casas próximas; éstos respondían con disparos de ballesta, mientras unos y otros se cruzaban una lucha verbal de improperios. Algunos resultaron heridos, pero el gran suceso de aquella noche fué la muerte de Francisco Sampsó. Éste se había dedicado a escaramussejar, es decir, a cubrir los trabajos de destrucción. Un preciso disparo de ballesta en el cráneo acabaó con su vida; su cadáver cayó en un lugar que ofrecía muchos peligros para el rescate, y permaneció expuesto toda la noche. El conde de Pallars, al comunicar a sus principales este acontecimiento comentaba He aquí cual es el triste fin de los malos hombres. Los gerundenses no recibieron con demasiada pena la notícia; consideraban Sampsó como el principal responsable de los males que ahora sufría la ciudad.


8. Preparativos para el asalto a la Força.

Un día antes de la llegada del conde de Pallars a Girona, Juan II había entrado en Cataluña por Lleida al frente de 2.000 aragoneses, navarros y catalanes adictos; esto, conjuntamente con la resistencia armada de la reina en la Força, hacía que se disipasen les pocas esperanzas que aún podían quedar de un acuerdo pacífico.

El día 8 de junio el conde de Pallars recibió respuesta a su mensaje enviado la misma noche de la ocupación de Girona: el rey y la reina ya podían ser declarados enemigos del Principado por haber violado la Capitulación de Vilafranca, y haber hecho armas contra el ejército del país. El Consejo felicitaba al conde y a sus hombres por la felicísima victória de Girona, y estaban convencidos que, ahora, la toma de la Força sería fácil; ordenaron al conde atacar la fortaleza, así como que comunicase a la reina su destitución de institutriz, y la obligación de abandonar el país. El primogénito podría permanecer en Cataluña, pero lejos de la influencia de sus padres y malos consejeros; si la reina Juana quería llevarselo con ella, no le pondrían impedimentos.

Al día siguiente, el Consejo escribía al síndico de Lleida Juan Agulló, diciéndole que los trabajos del Empordá, es decir, de Girona, están totalmente acabadas en beneficio de la tierra. Esto no era cierto en absoluto, como hemos visto. De hecho, solamente había empezado, y duraría once años.

Perdida la oportunidad de entrar en la Força por sorpresa com el ímpetu de la llegada, el conde era consciente de las dificultades que comportaría, dada la insuficiencia de su artillería, de municiones y de medios de asalto. Los defensores habían trabajado duro durante los dos días "de tregua": habían destruido más de 80 casas adyacentes al muro, y no habían parado de disparar sus bombardas contra los asaltantes, sin que éstos respondiesen por falta de órdenes para hacerlo. El conde calculaba que necesitaría 8 cerbatanas (solamente tenía 6), 30 saetas por hombre (disponía de 2 por cabeza) y 12 quintales de pólvora en lugar de los 6 de qué disponía (datos extraídos de S. Sobrequés, op. citada). Mientras esperaba este material se dedicaba a bombardear la Força con la única bombarda que tenía y con las pequeñas cerbatanas, e intentaba evitar nuevos incendios. Los asediados, conocedores de la ciudad, salían de noche por lugares que nadie sabe, y reavivaban los fuegos que los de Pallars habían apagado.

El Consejo debía de proveer de material de guerra dos frentes, y esto desesperaba el conde de Pallars; el día 9 escribía Queréis que muera aquí y perder el estado del Principado?, y dos días más tarde añadía: vuestro dilatar y tardar provoca daño en la labor e insistía que, por falta de artillería, no había podido impedir que los asedidados reparasen una grieta que la bombarda del conde había practicado en el muro, y que podía haber sido aprovechada para intentar un asalto.

El dia 11 Pallars comentaba que el sitio era tan cerrado que no podía salir ni un gato que no sea visto; a pesar de esta opinión, no faltó quien consiguió introducirse en la Força. Así lo hizo un clérigo familiar del obispo, Pedro Llobera, y una dama de la reina Juana, Isabel de Urrea. Otros que intentaron entrar o salir, fueron capturados, como el portero real Canet, que intentaba reclutar gente para la Força, y que fué ejecutado por los sitiadores. También fué ajusticiado el notario de Vic, Jaime Serrolí, capturado por los alrededores de Girona.


9. La financiación del sitio.

El sitio comportaba enormes gastos, para uno y otro bando. El Consejo envió a Girona un funcionario, Miguel Vives, defensor de los derechos de las generalidades

, con la orden de poner a disposición del conde los caudales necesarios. No obstante, los gastos eran tan enormes, que a los ocho días de su llegada le quedaban 400 florines. Vives escribió al Consejo solicitando más dinero, y afirmando que en toda Girona no se encuentra un solo florín ni por caridad, a la vez que denunciaba los latrocinios que cometían los soldados en Girona y añadía que si se quería acabar con los robos, sería necesario colgar diez hombres cada día.

El Consejo había ordenado desde los primeros días de la llegada del de Pallars la confiscación de los bienes de los sitiados, especialmente mercancias como textiles y pastel, que algunos conversos de la Força almacenaban en la ciudad baja, así como el trigo de los molinos y los censos que recibían.

La reina Juana, por su parte, había intentado convencer a los canónigos para que contribuyesen a los gastos; éstos eludieron la petición con un largo discurso pronunciado por el Vicario general Andrés Alfonsello, quien afirmaba que el clero sólo estaba obligado a contribuir contra infieles o enemigos de los que se podía esperar daño para las personas reales, pero como los atacantes de la Força eran cristianos y dispuestos a tratar con reverencia y respeto a la reina y al príncipe, no era este el caso, y no se consideraban obligados a contribuir a la defensa.


10. El asalto del día de Corpus.

El esperado asalto de la Força no tuvo lugar hasta once días después de la ocupación de Girona, el 17 de junio, día de Corpus. Unos días antes, el conde había ordenado que la caballería, mandada por el barón de Cruílles y el joven Juan Sarriera, hiciese una salida para dispersar las bandas de Verntallat, que se encontraban en las montañas de los alrededores de Girona. La expedición, la acción de la cual tuvo lugar en Riudellots de la Creu, cerca de Banyoles, no pudo coger por sorpresa a los campesinos, pero se consiguió alejarlos por unos días.

El conde de Pallars, viendo que no llegaban de Barcelona las bombardas que había solicitado para llevar a cabo el ataque contra la Força, hizo trasladar a Girona una muy grande que había quedado en la nave real en Sant Feliu de Guíxols, y que la reina Juana no se había podido llevar por problemas de transporte(8).

Los preparativos de la acción bélica preocupaba mucho los dos bandos; muchos tenían parientes próximos en el bando contrario. El conde de Pallars tenía en la fortaleza a su suegro, los Cruílles y los Rocabertí estaban repartidos entre los dos bandos, como también lo estaban los Pere y los Miquel, los Santceloni y los Terrades, famílias gerundenses que se habían encontrado unos dentro y otros fuera de la Força. Un campesino de las bandas de Verntallat, Antonio Vilar, de Cogolls, capturado por el conde de Pallars cuando el ejército se acercaba a Girona, se escapó de la Força porque dos hermanos suyos luchaban con el Principado.

El asalto del día de Corpus empezó a las 10 de la mañana y se llevo a cabo simultáneamente por cuatro sectores: por la Torre Gironella, por el portal de San Cristóbal, por la iglesia de San Félix, y por la puerta Rufina. Éste último sector tenía una importáncia especial, dado que delante del portal habia una estensión llana i abierta (actual plaza de Santo Domingo), protegida por el convento de Predicadores, donde se había instalado el conde, que dirigía personalmente las operaciones(9).

Iniciado el ataque, los sitiadores encontraron una resistencia en los defensores de la Força que no esperaban. En Santo Domingo se produjeron dos o tres intentos de asalto rechazados por el fuego y la ballestería de los sitiados. Los marineros de Sant Feliu, que tenían que acercar su bombarda desde Predicadores, atemorizados por el fuego de la Força, huyeron como judíos.

De hecho, el fracaso del asalto se produjo en todos los frentes; Pallars no había medido bien las fuerzas defensoras. A las 4 de la tarde Hugo Roger ordenó parar la acción. Entre los sitiadores el número de heridos fué mucho más importante, casi un centenar, pero entre los sitiados las pérdidas fueron importantes en calidad. Murieron algunos caballeros principales, y entre treinta y cuarenta resultaron heridos. La acción del día de Corpus hizo subir mucho la moral de los sitiados, pero las fuerzas del Principado también supieron encajarlo con serenidad: tendremos la Força otro día, escribía Hugo Roger. El Consejo le respondía: la Força es grande y será difícil haberla.


11. La intervención de los franceses. Los antecedentes.

Coincidiendo con el asalto del 17 de junio, llegaron a Girona notícias de la otra parte de los Pirineos que alarmaron a la población: el conde Gastón de Foix, yerno de Juan II, preparaba por orden del rey de Francia un gran ejército para invadir Cataluña. A primeros de mayo, ante la situación que atravesaba el Principado, los reyes Juan II y Luis XI de Francia se entrevistaron en Salvatierra, en la frontera navarra, en la que acordaron la ayuda militar de Francia contra los catalanes a cambio de 200.000 escudos que Juan debería pagar en el plazo de dos o tres años, a partir de la reducción de Barcelona. Mientras, en garantía, Luis obtendría las rentas del Rosellón y la Cerdaña; durante los días siguientes, y mediante una cláusula secreta, el rey Juan transfería al rey de Francia la soberanía de los condados hasta que hubiese cancelado la deuda. Los castillos de Perpiñán y Cotlliure serían entregados inmediatamente que empezase la guerra.

Este tratado fué comunicado por la reina al Consejo, desde Girona, pero éste ya conocía incluso la cláusula secreta, que fué utilizada como propaganda que hicieron publicar por todo el país, que habíaa entregado los condados; a pesar de la inexactitud, sirvió de forma efectiva contra el rey. Els roselloneses, que a mitad de marzo aún no aprobaban el levantamiento de un ejército sin el consentimiento del rey, definieron su posición y algunos nobles, como el vizconde de Isla-Canet y Berenguer de Oms, que habían estado a punto de entrar en la Força para ayudar a la reina, ahora se ponían a disposición de las autoridades catalanas en defensa de su país contra Francia.

Los de Perpiñán enviaron peticiones de socorro a Barcelona, y el mismo día de Corpus el Consejo ordenó al conde de Pallars que enviase 50 hombres a la capital del Rosellón, comanadados por un buen capitán. A partir de este momento, ya fué necesario atender, simultáneamente, tres frentes: el del Rosellón, la Força, y el de poniente, donde los catalanes habían conseguido hacer abandonar a Juan II la villa de Tárrega y replegarse hacia Balaguer. El día 21 Barcelona ya pedía a Hugo Roger 200 hombres para que fuesen a Perpiñán. La sombra de Gastón de Foix planeaba sobre Girona; pocos días después del 25 se interceptaba una carta de éste dirigida a la reina Juana animándola a sostener la situación 12 o 14 días que yo estré en Girona con gentil armada que baste por un dia para toda España(10).


12. La continuación del sitio.

El fracaso del asalto del día de Corpus y la amenaza de la invasión francesa, forzaron a las tropas del de Pallars a agotar todas las posibilidades para tomar la Força: la posibilidad de un nuevo asalto no fué descartada, pero sobretodo se pensó en la negociación y la sorpresa. Negociación con los elementos moderados que había en la fortaleza, sobretodo el clero, y la sorpresa pensaban llevar a cabo mediante la excavación de minas que condujesen al interior de los muros o la ocupación por soborno de los guardias. Simultáneamente se intensificarían los bombardeos con un doble objetivo de destrozar las defensas y desmoralizar a los defensores.

Los sitiadores perforaban una mina que conducía al interior de una casa de la calle de San Lorenzo, cerca del portal del Call, por donde penetró un grupo de hombres y, así, se introdujeron en la Força. Un niño de la casa descubrió el hecho y lo explicó a su padre, el pelaire converso Juan Vidal Sampsó, quien dió el grito de alarma. Se produjo un gran alboroto y fué necesario incendiar la casa y el portal para rechazar los hombres de la mina; una parte de ellos fué capturada y la otra pudo huir.

Las conversaciones habían fracasado, las acciones de soborno tampoco habían dado el resultado esperado, y el trabajo de zapa había acabado con un rechazo total. Todo esto hizo regresar al conde de Pallars a la primera idea del asalto; las bombardas y los virotes [flechas] ganan vulgarmente las batallas, escribía al Consejo en una petición de más pólvora y municiones, y un técnico artillero que pudiese reparar la bombarda enviada desde Barcelona. El Consejo seguía pidiéndole hombres para Perpiñán; el conde manifestaba que para enviar él 200 era necesario que Barcelona le hieciesellegar un contingente de 500, dado que la gente que tenía en Girona estaba nafrada e scarafaxada (herida y desmoralizada), mientras que la Força era fortísima y la gente que estaba en su interior era guerrera.

El 3 de julio la reina, después de hacer sonar las trompetas de la Força en el sector de la Torre Gironella, hizo lanzar un virote con media hoja de papel atado, en el que había un llamamiento a los hombres del ejército del Principado concediéndoles el perdón si regresaban a la obediencia al rey. Este hecho fué interpretado en las filas de Hugo Roger como prueba de la situación insostenible de la reina, y se temía que ésta pudiese huir por el portal de San Cristóbal y se refugiase en las naves que el almirante Vilamarí tenía ancladas en Roses. Del dramatismo de la situación en el interior de la fortaleza también da testimonio el acontecimiento del día 4, en que huyeron de la Força el jurista Pedro Miquel y otros seis hombres. Éstos fueron detenidos y en el registro que se les practicó, se encontró que une de ellos, doncel, llavaba oculto en el prepucio dos papeles en los que se había escrito, seguramente de puño de la reina Juana Señor! Socorrednos!, y Señor, valednos y mantenednos dentro!.

Los primeros días de julio parecía que la caida de la Força era ya inminente. Los hombres de Hugo Roger trabajaban en la construcción de máquinas y pertrechos de asalto, la perforación de muros, y los disparos de bombarda eran constantes, especialmente contra las torres de Gironella y de Requesens, en el otro vértice de la Força. Se disponía de trece juegos de escalas y de un andamio o torre de madera más alta que la de Gironella. Los zapadores, trabajaban día y noche, habían conseguido abrir un agujero en el muro de 16 palmos de altura. El día 10 llegaban de Barcelona más bombardas, y procedían a clavar estacas para facilitar el asalto.


13. Los franceses de Gastón de Foix en el Rosellón.

El mismo día 10, los 22.000 franceses de Gaston de Foix, divididos en 12 cuerpos de ejército, entraban por el paso de Salses y atacaban finalmente el Rosellón. A partir de este momento se inició una cruda carrera: ver quien entraría primero en la Força, las tropas del Principado o los franceses del de Foix.

El día 20 llegaban a Voló, vanguardia de los pasos pirenaicos. Roger de Rosanes, capitán de los 100 hombres que defendían el paso, tuvo que capitular. Los catalanes habían ordenado el levantamiento inmediato de los somatenes desde Camprodón y Olot a Besalú, Figueres y Castelló de Empúries. Al frente de estas tropas figuraba, enviado por el conde Hugo, el vizonde Jofre de Rocabertí, que era el señor jurisdiccional de los pasos pirenaicos, pero sus fuerzas eran pocas y mal utilladas.

Ante la situación que se vivía en la Força -los defensores ya eran impotentes para destruir las antenas de las escalas que se estaban colocando-, Gastón de Foix seleccionó sus mejores tropas, 520 lanceros, 2.000 franco-arqueros y 1.000 ballesteros de su guardia, que estaba formada por unos 10.000 hombres, y dejando el resto del ejército en el Rosellón bajo el mando de Amanieu d'Albret, las dirigió a los pasos pirenaicos. El 21 el ejército francés forzaba los puertos y dispersaba las mal armadas milícias de Jofre de Rocabertí, e iniciaba el camino de Girona a través del Empordà.


14. Los franceses en Girona. Liberación de la reina.

El día 22 el de Foix llegaba a Báscara, donde recibió la notícia de que la reina había decidido capitular al día siguiente a las 2 de la tarde. (Esta notícia, comenta Sobrequés, consta solamente en los textos del cronista de Gastón de Foix y no se tiene otra referencia, motivo por el cual se debe tomar con las debidas precauciones). Los franceses irrumpían en el Empordá provocando una terrible desbandada de la gente de la tierra, los campesinos de los alrededores y del Bajo Empordá.

El conde de Pallars hizo una llamada desesperada por toda la veguería pidiendo 3.000 hombres, pero, escribía más tarde, no acudió ni uno. En pocas horas el ejército del Principado quedó reducido a 700 hombres, y además no tenían otra idea más que huir por el gran pavor de estos desalmados; muchos alegaron que se había acabado el plazo de su contrato de soldada. Durante la noche del mismo 22 los franceses ya encendían hogueras en Mediñá, señales que podía vislumbrarse desde la parte alta de la Força, y que los sitiados podían responder con sus propios fuegos.

A las 6 de la mañana del día 23, viernes, 6.000 franceses entraban en Girona y se instalaban en el Mercadal, y seguidamente en el resto de la ciudad sin un solo disparo; el ejército de Pallars había desaparecido. Había tenido la serenidad de salvar lo que quedaba sin dejarse encerrar en Girona. Cuando los franceses habían llegado a Mediñá, el conde había reunido su consejo de guerra, y éste acordó la inmediata retirada hacia Hostalric.

Gastón de Foix se dirigió a la Força Vella para saludar a la reina, su sograstra; se mencionó, pero, que la reina no esperó a su liberador, sino que salió a recibirle. Leseur, único cronista de la escena dice que fut une grant pièce comme toute pasmée. Cuando recuperó el habla, dió la benvenida al de Foix, dándole cien mil veces gracias por su socorro y la salvación de su persona, vida y honor.

Los gerundenses, y especialmente los Jurados, recibieron bien a los franceses. No obstante, hasta el 3 de agosto, once días más tarde, los regidores de la ciudad no hicieron pública una declaración de adhesión a la reina y al rey. Los Jurados manifestaron públicamente en una llamada que todo lo que habían hecho durante el sitio no tenía valor alguno ni trascendencia, dado que habían sido coaccionados por la presencia del ejército del Principado y el conde de Pallars. Muchos vecinos, pero, huyeron de la ciudad, especialmente hacia Sant Feliu de Guíxols, y otros fueron condenados a pagar indemnizaciones en metálico. El mes de septiembre el municipio tuvo que imponer a los vecinos un impuesto extraordinario (una talla) para costear la reparación de la muralla de la ciudad.


Notas

(1) - Según Santiago Sobrequés, además de Sampsó y Raset, la reina consiguió la amistad de algunas autoridades locales como el baile Guillermo Sunyer, y el veguer y caballero Pedro de Santdionis. Francisco Sampsó había intervenido activamente en la política del Principado representando a la ciudad en les Cortes. Sampsó tenía su mansión al principio de la calle de Ciudadanos, cerca de la Casa del Consejo de la Ciudad, y fué en esta residencia donde se alojaron la reina y el príncipe al llegar a la ciudad. También contaba con las simpatias del nuevo obispo Joan Margarit i de Pau, hombre de gran prestigio y emparentado con muchos caballeros de Girona, el Empordá y el Rosellón, llegado a Girona, su ciudad natal, al mismo tiempo que ella. Volver al texto

(2) - El conde Hugo Roger era representante de la última de les antiguas dinastías condales que subsistía en Cataluña quien, por oposición a la poderosa casa de los Prades-Cardona, que se mostraba incondicional de la monarquía, se había distinguido úñtimamente en el Consejo per su actitud radical. Volver al texto

(3) - El jefe militar de esta operación sería el conde de Módica, Bernardo Juan de Cabrera, uno de los magnates más poderosos del Principado. Este prohombre había sido generalísimo del ejército de Cataluña en el movimiento del año anterior y era miembro del Consejo del Principado, pero ya hacía tiempo que había desertado del Consejo, disconforme con el criterio que predominaba. Ahora vivía en su castillo de Hostalric dispuesto a servir a la reina y al príncipe en conjunción con Verntallat, el padre del cual había estado al servicio de la Casa de Cabrera como pqueño funcionario en el vizcondado de Bas, que también formaba parte de los enormes dominios de aquella gran casa nobiliaria (Santiago Sobrequés, op. citada). Volver al texto

(4) - Solamente un pelotón de unos cincuenta hombres, comandados por Pedro Sala, un campesino de Granollers de Rocacorba, que años más tarde se convertiría en el jefe del segundo alzamiento remensa, entró en la ciudad y se instaló en la iglesia de San Félix hasta que los Jurados, alegando que este templo era el refugio acostumbrado de los vecinos de los barrios de San Félix y San Pedro en caso de guerra, les obligaron a desalojar la iglesia y a instalarse en el recinto de la Força. Volver al texto

(5) - El cuerpo coincidía con el antiguo emplazamiento romano, el triángulo que abarcaba desde la parte más alta en la Torre Gironella, al portal de Sobreportes y situaba el tercer vértice en la entrada de la calle de la Força (entonces de San Lorenzo). Las murallas, de hecho, eran muy antiguas -lo llamaban el muro viejo o força vella-. El recinto era pequeño y entonces poco poblado; una buena parte la ocupaba el Call judío, reducido a una veintena de famílias. Las famílias cristianas, la mayoría formadas por conversos, no llegaban a las tres docenas. A éstos había que sumarles la Seo, el Palacio Episcopal, la Pia Almoina y otras dependencias eclesiásticas; en total, unos 300 de los 5.000 habitantes que tenía la ciudad en el 1462. Volver al texto

(6) - Entre éstos, se encontraban cincuentenarios, centenarios y consejeros de centúria. Las armas y viratam (munición de viratons o saetas) distribuidas a las milícias urbanas procedían del parque municipal y en el acta del repartimiento los miembros de la minoría realista procuraron acaparar la mayor cantidad posible, ante la pasividad de los Jurados y de los gerundenses no comprometidos. La reina había procurado, no obstante, tener cuidado de no repartir entre los gerundenses el abundante armamento, artillería y municiones que había reunido en la Força. (Santiago Sobrequés, op. citada). Volver al texto

(7) - Emplazado en el lugar que ahora ocupa el Mercado. La muralla del Mercadal, reducida en muchos lugares a una empalizada y unas torres de madera, rodeaba la ciudad baja describiendo un semicírculo señalado aproximadamente por la actual Gran Via de Jaime I. Más allá de esta muralla ya había surgido un arrabal alrededor del hospital de Santa Catalina y el convento de Santa Clara. Volver al texto

(8) - La pesada máquina de artillería tardó cinco días en ir de Sant Feliu de Guíxols a Girona en un carro tirado por cinco mulas y conducido por seis hombres, con el acompañamiento de 40 marineros de Sant Feliu, expertos en artillería. Otra bombarda que se preparaba en Barcelona llegó una vez ya había fracasado el asalto. Volver al texto

(9) - Los otros cuerpos de ejército estaban comandados por: Pedro Berenguer Sort, el de la Gironella; por Geraldo Alemany de Cervelló, el de San Cristóbal; y por el barón de Cruilles, el de San Félix. Cada cuerpo se dividía en seis capitanías i se conocen también los nombres de algunos capitanes: Pedro Galcerán de Cruilles, hijo de Martín Guerau, sitiado; Bernardo de Balbs i de Farnés y Sanespleda, entre los caballeros locales; y Conesa, Vicens, Baldric, y Aviñó de Vilafranca, entre els forasters. Volver al texto

(10) - La hueste que se concentraba en Narbona para entrar al Principado constaba de 700 lanzas, 1.000 ballesteros y 120 peones del conde de Foix, y otras 120 llanzas y 120 caballos de los senescales pirenaicos de Bearn, Bigorra y Foix y el capitán Raymonnet, en total más de 20.000 hombres, en buena parte soldados profesionales, con artillería y una escuadra reunida en el puerto de la Nouvelle para transportar los víveres, con capitanes de la fama del senescal Saintonge, Gastón de Lyon, el mariscal Juan de Lescun, conde de Comminges, Amanieu d'Albret, señor de Orval, y el gran maestre de artillería Gaspar Bureau. Ni reunidos todos los hombres del Principado de los tres frentes podían llegar a contabilizar más de 10.000 hombres en total. Volver al texto


Bibliografia

- La guerra civil catalana del segle XV. Santiago Sobrequés i Jaume Sobrequés. (2 volúmenes) Ediciones 62, 2ª edición 1987, ISBN 84-297-2699-3.

- La Girona medieval. Canvis i ruptures (1460-1519). Sandrine Victor. Quaderns d'Història de Girona. Ayuntamiento de Girona, 2001. ISBN-84-86812-02-X.

- El setge de la Força de Girona en 1462. Santiago Sobrequés i Vidal. Rafael Dalmau, editores, 1962. B-15867-1962.

- Història militar de Catalunya. Vol. III. La defensa de la Terra. F. Xavier Hernàndez. Rafael Dalmau editor. 2003. ISBN 84-232-0664-5.


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