Felipe IV. Óleo de Velàzquez, 47 x 37,5 cm. National Gallery, Londres. (Wikipedia).

Juan José de Austria (Don Juan). (Wikipedia).

Luis XIII de Francia, óleo de Philippe Champaigne. (Wikipedia).

Pau Claris. Imagen procedente de un grabado de la obra Barcelona antiga i moderna de Andreu Avel·lí Pi i Arimon, publicado en 1854. (Wikipedia).

Fragmento d una lápida del siglo XVII. Exterior del ábside de San Pedro de Galligants.

Militares del siglo XVII, según un grabado romántico francés. (Wikipedia).

Portada de Historia de los movimientos y separación de Cataluña de Francisco Manuel de Melo, 1608-1666. (Wikipedia).

Luis XIV de Francia, por Hyacinthe Rigaud, 1701. (Wikipedia).

Constitutions y altres drets de Cathalunya. Tercer volumen de la compilación de 1585. (Wikipedia).

Constitutions y altres drets de Cathalunya. Primer volumen de la compilación de 1702. (Wikipedia).

Médico de la peste en Roma (Doktor Schnabel von Rom). Grabado de Paul Fürst, en 1656. (Wikipedia).

Felipe IV. Óleo de Francisco de Silva y Velàzquez. (Wikipedia).

Luis XIII, por Daniel Dumonstier, 1617. (Wikipedia).

La Girona del siglo XVII (II).

La Guerra de los Segadores

El año 1640 fué un año decisivo y de graves consecuencias en todi el Principado al producirse, sobretodo a partir del mes de mayo, un alzamiento generalizado de toda la población de Catalunya contra la movilización, y permanencia sobre el país, de los tercios del ejército real -entrados a Catalunya a causa de la guerra con Francia en 1635- y contra la pretensión que fuesen alojados en las poblaciones. Algunas se negaron a abrir las puertas, como Sant Feliu de Pallerols, o Santa Coloma de Farners, donde fué enviado el alguazil Montrodon para llevar a cabo la instalación de los soldados; en la resistencia de los villanos el alguazil encontró la muerte. La represalia llevada a cabo por los tercios en Riudarenes, el 3 de mayo, y en Santa Coloma de Farners, el 14 de mayo, desencadenaría un rápido alzamiento armado de villanos y payeses que, de las comarcas gerundenses, se extendió hacia el Empordà, hacia el Vallès y hacia Osona y el Ripollès.

Formación de los Tercios españoles. Fragmento del Desembarco en la isla de Terceira. (Wikipedia).

Francisco de Tamarit, diputado por el brazo militar, fué encarcelado por la autoridad real, acusado de no facilitar, desde su cargo, las levas y los alojamientos. Campesinos revolucionados entraron en Barcelona el 22 de mayo, posiblemente con la complicidad de las autoridades catalanas, y le pusieron en libertad. Los alzamientos campesinos, iniciados en la comarca de la Selva, se extendieron por todo el país y culminaron con la entrada de los segadores en Barcelona el dia de Corpus -el 7 de junio- y la muerte violenta del conde de Queralt y virrey de Catalunya Dalmacio III de Queralt. Este hecho marcó el inicio del conflicto que se convirtió enseguida en una auténtica revuelta social. La clase dirigente catalana, que no comulgaba con los postulados de la insurrección, la reprimió e intentó restablecer el orden social.

El descontento de los campesinos respondía a una situación de crisis económica; el levantamiento de los "segadores" iba contra el ejército, pero también contra las autoridades, reales o catalanas, y contra todos los ricos y poderosos. "Vva la fe de Cristo!", "Viva el rey de España, nuestro señor!" y "Viva la tierra, muera el mal gobierno!" fueron los lemas de los segadores.

Corpus de Sangre en Barcelona, óleo de Antonio Estruch. (Wikipedia).

La represión militar en Santa Coloma de Farners y en Riudarenes afectó muy de cerca Girona. Se incendiaron las iglesias, donde el pueblo acostumbraba depositar las cajas con sus bienes, cosa que provocó rabia y escándalo, a la vez que era considerado un sacrilegio, más propio de hereges. En la Catedral se excomunicó al ejército (1), hecho que provocó un gran impacto en la población; la acción del obispo de Girona, religiosamente bien sincera en opinión de Busquets, no era demasiado prudente. Un sentimiento religioso fanático, a menudo azuzado por exaltados predicadores, acompañó siempre la revuelta payesa.

Pronto, la rebelión social pasó del campo a la ciudad, donde los estratos urbanos más humildes se añadieron al alzamiento, y la protesta campesina llegó a Girona. La ciudad cerró las puertas al ejército real que, perseguido por los payeses revolucionados, queria refugiarse en ella. Esta decisión llevó a una noche de pánico en la ciudad, la del 16 al 17 de mayo: los gerundenses fueron a las murallas convocados por las campanas de las iglesias. El ejército tuvo que permanecer acampado en Salt y en la Dehesa. Por toda Catalunya se extendía la voz de que el ejército del rey había asaltado Girona y que había sido rechazado por sus habitantes, notícia incierta, pero que convocó a los campesinos de las comarcas. Era un rodeo del ejército en Salt, al mismo tiempo que se impedia que la ciudad les hiciese llegar víveres.

Las bandas de payeses constituyeron un peligro, pero tenían partidarios y parientes dentro de la ciudad, generalmente entre los estratos más humildes, que dieron soporte a los revolucionados y provocaron disturbios: la revuelta social había estallado en Girona. Los pocos soldados que habían quedado dentro de las murallas tuvieron que refugiarse en los conventos y encerrarse en las iglesias.

La ciudad vivió un día de total anarquía, sin ninguna autoridad que se impusiese: el jurado en jefe Pablo Escura había huido después de ver saqueadas sus propiedades; el segundo, Francisco de Vilanova, había muerto y el jurado tercero, Juan Clapés, estaba gravemente enfermo. El único que se encontraba en activo era el jurado de la mano menor, Antonio Vila, un pelaire.

Con la muerte del virrey, Dalmacio III conde de Queralt y de Codina, la máxima autoridad era el gobernador de Catalunya, Ramón de Calders, que se encontraba en Girona, pero que también desapareció, igual que el baile, el veguer y el sots-veguer. El 28 de mayo los amotinados irrumpieron en los convents: en San Agustín y en San Pedro de Galligants hubo varios muertos -soldados y funcionarios que se habían refugiado en ellos-, y al día siguiente la carcel y el hospital fueron asaltados y mataron tres soldados napolitanos. El jurado Antonio Vila, el único que se encontraba en activo, actuó enérgicamente, con el objetivo de salvar vidas y restablecer la paz ciudadana; con esta finalidad organizó diversas compañías de orden, con "gente principal", y sobre todo consiguió hacer salir de su escondrijo el baile, el veguer y el mismo gobernador, y les obligó a intervenir. La anarquia ciudadana, no obstante, continuó aún un mes y costó la vida, al menos, a diez personas.

La Casa del Arcediano en la plaza de los Apóstoles, desde la torre de la Catedral.

Como expone Joan Busquets en La Catalunya del barroc vista des de Girona, la revuelta que estalló en 1640 dió lugar a dos movimientos revolucionarios. Por una parte, la revuelta popular, y por la otra, la política, de manera que no hay que confundir ambas, de forma que la una precedió la otra y forman, en principio, dos movimientos autónomos que conciden en el tiempo.

La revuelta catalana, conducida por Pau Claris, canónigo de la Seu d'Urgell, diputado del brazo eclesiástico y elegido Presidente de la Generalitat, jamás consiguió ser un movimiento unitario, y muchos catalanes se mantuvieron al lado de Felipe IV, sobretodo la alta aristocracia, o volvieron a la antigua obediencia, empujados por el desengaño y por la represión francesa. La Guerra de Separación (1640-1642), o Guerra de los Segadores también fué una guerra civil entre catalanes.

La participación de las clases dirigentes de las ciudades en la revuelta, al lado de los nobles arruinados y marginados, especialmente los juristas, era un hecho que habían adquirido un gran presitigio en las ciudades catalanas, y que fueron los que aportaron argumentos legales para justificar la ruptura con el rey, y daban cohesión al movimiento revolucionario. El argumento utilizado era el pactismo: el rey había roto el pacto constitucional y Catalunya quedaba, por tanto, libre, abocada a defenderse contra el ejército que se disponía a invadirla.

Girona siguió un proceso de adhesión a la revuelta, igual que el resto de ciudades del Principado, excepto Tortosa, que tenía el ejército demasiado cerca para pronunciarse en este sentido. Pau Claris mantuvo una copiosa correspondencia con las autoridades gerundenses, dirigida a los jurados, pero también al obispo Parcero y a los canónigos. La participación de Girona en la guerra tenía que ser la de defender la frontera pirenaica, con el objetivo de que el ejército español se encontrase confinado en el Rosellón.

Claris convocó las cortes generales el 10 de septiembre de 1640 y escribió a la ciudad de Girona para que enviase sus representantes; paralelamente, y sin consultar a las ciudades, Claris inició los contactos con los franceses; en el convento de los capuchinos de Ceret, enviados de confianza firmaron un pacto de alianza con Francia.

Fachada de la iglesia de San Martín Sacosta.

Catalunya se acercó a Francia por necesidad; el ejército español avanzaba hacia Barcelona, y estaba atravesando el Llobregat. Ante esta situación, Claris propuso a los Brazos, el 23 de enero de 1641, que Luis XIII de Francia fuese proclamado rey de los catalanes, a título personal; el nuevo rey se obligó a conservar las Constituciones de Catalunya.

Catalunya no tenia ejército propio, y lo tuvo que improvisar sobre la marcha. Girona participó en la guerra defensiva con cinco compañías, el capitán de la primera de las cuales era Ramón de Xammar y el de la quinta, Jeroni de Real. Los restantes seis nobles a los que se había encaregado la defensa de la ciudad eran Rafael Raset de Trullàs, Francisco Bas, Francisco Saconomina y Ramón Bas.

Girona animó otras ciudades a sumarse a la defensa de la tierra: el diputado Tamarit vino a Girona y comarcas para organizar y dirigir la resistencia. La ciudad, el obispo y los canónigos, y la clase dirigente gerundense participaron considerablemente en la guerra contra el ejército del rey de Castilla. Los gerundenses mantuvieron la seguridad en la frontera pirenaica y el ejército español no pudo pasar al Empordà. Los que si entraron fueron los aliados franceses, y se quedaron: había empezado la Guerra de Catalunya.


Dominio francés (1641-1652) y posterior retorno a la monarquía española

En Girona, de la misma forma que en la mayor parte del resto del Principado, tanto las autoridades municipales como el pueblo aceptaron los pactos que incorporaban Catalunya a la monarquía francesa de Luis XIII, en enero de 1641, sin demasiado entusiasmo, dado que se trataba del enemigo secular, pero era la única solución posible que entendían para detener el ejército que había enviado el gobierno de Madrid contra Catalunya (2).

Moneda emitida durante el dominio francés de Catalunya, en 1641. (Wikipedia).

Durante el año 1641, las principales procupaciones de los jurados gerundenses fueron, simultáneamente, la guerra contra el rey de España y la restauración de la justícia y el orden público, desbaratados por la revuelta del año anterior. El Consejo General acordó, el 26 de marzo, que el jurado en jefe, Rafael Raset, ejerciese las funciones de veguer, dado que no quedaba en Girona ninguno de los antiguos oficiales reals. Por otra parte, la junta de guerra de la ciudad acentuaba sus actuaciones para reclutar hombres y enviarlos al frente de guerra de las comarcas de Tarragona y del mediodía de Lleida, y también hacia el Empordà, donde los castellanos aún dominaban la fortaleza de Roses.

También en la ciudad se tomaban medidas de policia para castigar los ciudadanos que en su casa amparasen soldados u oficiales castellanos "bajo pena de, si es hombre, de cinco años de galera y si es mujer de cien azotes o de otras mayores o menores penas", según publicaba un pregón del Juí de Porhoms de septiembre de 1741 (J. Busquets i A. Simon, op. citada).

Pronto, no obstante, se demostró que la alianza con los franceses tampoco era la solución: estos actuaban en Catalunya como en un pais ocupado, explotándola económicamente y utilizándola para sus objetivos militares. En septiembre de 1641 los jurados de Girona, en una carta dirigida a Bernardo de Cardona, arcediano mayor de la Seo y diputado eclesiástico de Catalunya, se quejaban de los atropellos cometidos por las tropas francesas, según mencionan J. Busquets y A. Simon, op. citada, recordando que "una de las cosas que empezaron a mover los ánimos de los Provinciales, no solamente de esta comarca, si no de toda Catalunya, a las revoluciones del año pasado, es indudable que fueron los excesos y desafueros que se hicieron con los paisanos en los alojamientos. Con estas tropas de caballeria francesa que ahora últimamente han pasado per aquí, han habido notables desórdenes", y pedia los jurados que se pusiese remedio.

Los partidarios de la causa de España en 1644 ya difundían por la ciudad opúsculos y hojas volantes que expresaban sus denuncias contra la opresión francesa. Busquets y Simon mencionan que los jurados informaban al gobernador de Catalunya, nombrado por Luis XIII, José de Margarit i de Biure, que en la madrugada del 20 de agosto "han comparecido en tres esquinas de la presente Ciudad adheridos unos papeles que contenían unos versos escandalosos [...] con los cuales es cierto que los mal afectos que los han puesto, quieren o intentan desviar y apartar de dicho servicio los bien intencionados".

Durante este período, las autoridades francesas llevaron a cabo una política de represión que afectó a personas significadas que eran o se veían como sospechosas: el vicario general de la diócesis, Francisco Pijoan, fué enviado al exilio a Francia, y a finales de 1644 el abad de San Pedro de Galligants, Gispert d'Amat i Desbach, diputado eclesiástico, mantuvo un duro enfrentamiento con Pedro de Marca, quien más tarde sería virrey de Catalunya, que acabó con su detención y más tarde enviado a Montserrat.

Este sentimiento antifrancés, que creció progresivamente, desembocó, conjuntamente con los avances del ejército español, que en 1650 ya ocupaba Flix, Miravet y Tortosa, en su marcha hacia Barcelona, el retorno de Catalunya a la monarquía de Felipe IV.

Hacia el año 1650 el apoyo que inicialmente se había dado al dominio francés se hundía, y muchas ciudades y comarcas catalanas se alzaban a favor de Felipe IV, como protesta por la opresión de la ocupación fancesa, a la vez que el ejército español, al mando de Francisco de Orozco, marqués de Mortara, avanzaba victoriosamente desde las tierras de Lleida y ponía sitio a Barcelona en agosto de 1651.

Girona, como el resto del Principado, se encontraba exhausta por la guerra y les exacciones de toda clase; el 22 de febrero, ante una nueva demanda de contribuciones por parte del gobierno francés, los jurados de la ciudad enviaron una embajada al capitán general de Catalunya, mariscal Philippe de la Mothe-Houdancourt, dando a Francisco de Burguès las siguientes instrucciones: "Representará el estado de la Ciudad, como él bien sabe, que es tal que después de la desdicha del morbo, y ya en aquella, para acudir a las necesidades de la Ciudad se ha tenido que valer del dinero que los particulares tenían en la Mesa, y han cerrado aquella sin esperanza de poderla volver a abrir hasta que estas inclemencias de la guerra sean remediadas" (Citado de J. Busquets y A. Simon, Girona al segle XVII).

El 8 de octubre de 1652, ante la presencia del ejército español mandado por el marqués de Mortara, ya virrey nominal de Catalunya, y a punt de rendirse Barcelona, el Consejo de la Ciudad se apresuró a hacerle saber que "estaba pronta la Ciudad para dar de buenísima gana la obediencia a nuestro Rey Católico", misiva en respuesta de la cual el de Mortara se comprometió a respetar los privilegios de la ciudad, otorgar el perdón general, excepto para José Margarit, quien, en la caída de Barcelona en 1652 huyó a Perpiñán desde donde intentaría varias veces invadir Catalunya, confirmar los cargos de los oficiales reales y conservar los privilegios de lqs villas y poblaciones del obispado de Girona que, de buena gana, se entregasen a los españoles.

El 10 de octubre, a las tres de la tarde, el nuevo virrey entraba solemnemente en la ciudad, donde juró las Constituciones de Catalunya y durante diez días recibió la obediencia de los pueblos de las comarcas, excepto Roses y Puigcedà, que de momento seguían unidas a Francia, conjuntamente con el Rosellón. El mismo día los jurados enviaron cartas al rey Felipe IV, a Juan de Austria y a Luis de Haro pidiendo ser aceptados "por los humilísimos y fidelísimos vasallos de Su Real Magestad de toda su Monarquía, y más deseosos de acudir siempre a su real servicio que será la mejor dicha que pueden tener en esta vida, asegurándose V. Magestad que sacrificamos y sacrificaremos siempre nuestras personas, vidas y haciendas al Real servicio de V. Magestat". Con ésta entrega voluntaria, Girona fúe presentada como ejemplo a otras poblaciones, y no vió recortados sus privilegios y preeminencias, como sucedió con Barcelona, que se entregó al ejército castellano después de un sitio de un año.

Con el retorno de Girona a la monarquia española, ni con la capitulación de Barcelona el 11 de octubre de 1652, la guerra no finalizó. Felipe Iv no dominaba todo el Principado, ni Luis XIV controlaba todo el Rosellón y la Cerdanya, y las batallas y sitios que siguieron enfrentaron catalanes contra catalanes y tropas francesas contra soldados españoles.


Notas

(1) - Joan Busquets, basado en Jeroni de Real, en "La Catalunya del barroc vista des de Girona. La Crònica de Jeroni de Real (1626-1683)" lo describe de la forma siguiente: El domingo 13 de mayo, mientras en las comarcas rurales la revuelta se iba encendiendo del todo, en la Catedral de Girona, acabada la Misa Mayor, fueron excomulgados solemnemente los soldados napolitanos del tercio de Leonardo Moles por los hechos de Riudarenes. El 24 de junio, con identica ceremonia, lo fueron los soldados españoles del tercio de Juan de Arce por el incendio sacrílego de Montiró.
La ceremonia era de ritual. [...] En la catedral estaba todo el pueblo, presidido por los jurados, los caballeros y los prohombres, todos vestidos de negro. El gobernador de Catalunya, Ramón de Calders, que se encontraba en Girona, fué invitado pero excusó diplomáticamente su asistencia. Este hecho ya indicaba la carga política evidente que tenía un espectáculo religioso parecido en estas circunstancias.
El obispo fray Gregorio Parcero, asistido por el vicario general Francisco Aymerich y por diez canónigos más, todos cpn capa pluvial negra, y acompañado por muchos otros clérigos y religiosos proclamó solemnemente
"excomulgados, anatemizados y malditos" los soldados que habían quemado la iglesia y el Sacramento en Riudarenes. Los bancos de la catedral estaban cubiertos también de tejidos negros y, en medio de un gran silencio, el pueblo escuchó la proclamación de la sentencia hecha por el obispo en latín y siguiendo el Pontifical, a la cual toda la asamblea respondió: "fiat, fiat, fiat".
El obispo y los canónigos tomaron trece candelas encendidas que lanzaron al suelo i pisaron expresivamente. Después las recogieron los monaguillos. Seguidamente se entregaron trece piedras a los mismos celebrantes y procesionalmente se fue hasta la puerta de la Catedral cantando el salmo 109:
"Deus, laudem meam ne tacueris". Es un salmo que pide la venganza divina y expresaba el rechazo y la condena de la Iglesia contra los sacrílegos y herejes.
En el rellano de la puerta principal, la procesión se paró; el obispo y los celebrantes
"lanzaron con ímpetu las piedras" escalera abajo, juntamente con las candelas. Después volvieron en silencio a la sacristia. Mientras duró toda aquella ceremonia la campana mayor tocaba a duelo. .
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(2) - En una carta de primeros de octubre de 1641, los jurados de Girona manifestaron su adhesión al rey de Francia, Luis XIII con un estilo barroco y retórico: "De tanta diversidad de trabajos y aflicciones de que ésta Ciudad de V. Magt. Cristianisima de mucho tiempo a ésta parte, así por ocasión de las revoluciones pasadas como por otras causas a éstas antecedentes, ha estado oprimida podía solamente ser (como realmente ha sido) el mayor alivio y alegria en Común y en los ánimos de sus particulares, fidelísimos vasallos de V. Magt. al recibir las dos reales cartas del último de agosto y de 16 de septiembre, próximos pasados, que una después de otra de V. Magt. tenemos recibidas; de las cuales en todo generalmente (que es tan general el amor, cuan innata la fidelidad que ésta Ciudad siempre ha tenido a sus Reyes y Señores y de presente tiene y perpetuamente tendrá a V. Magt.) ha cabido tanto júbilo y contento y de ellas se ha hecho y hace tanta y tal estimación que nos faltan modos y palabras para significarlo a V. Magt., así por las evidentes demostraciones del singular amor con què V. Magt. ostenta querer a estos sus humildes vasallos". Archivo Histórico Municipal de Girona, Manual d'Acords de 1641, fol. 188. Transcrito de "Girona al segle XVII", J. Busquets y A. Simon. Volver al texto


Bibliografia

- Girona al segle XVII. Joan Busquets / Antoni Simon. Cuaderns de Historia de Girona, 1993. ISBN 84-86812-33-X

- Història de Girona. Direcció, Lluís Costa Fernández. Ateneu d'Acció Cultural (ADAC), 1990. ISBN 84-404-7571-3

- La Catalunya del barroc vista des de Girona. La crònica de Jeroni de Real (1626-1683). Joan Busquets Dalmau. Publicaciones de la Abadia de Montserrat y Ayuntamiento de Girona. 2 volúmenes. 1994. ISBN 84-7826-514-7

- El tractat dels Pirineus i els seus antecedents. Josep Sanabre. Rafael Dalmau, 1988. ISBN 84-232-0274-7

- L'oferiment de retrocessió del Rosselló a Espanya (1668-1677). Pau de la Fàbrega Pallarés. Rafael Dalmau, 1962. Depósito legal B-20545-1962

- Sant Pere de Galligans. La història i el monument. Josep Calzada i Oliveras. Diputación de Girona, 1983. Dep. legal GE-11/83.


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