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J Gibert, en Girona, petita història de la ciutat i de les seves tradicions i folklore menciona que, en otros tiempos, se hacía creer a la chiquillería que en la noche de hoy los Reyes de Oriente iban a visitar y adorar al Niño Jesús en el portal de Belén, y que una vez ofrecidos los presentes con qué obsequiaban al Infante, pasarian por la ciudad a fin de dejar los juguetes y golosinas sobrantes a los niños que durante el año se hubiesen portado bien, y un verdugón a los malos y traviesos. ![]() Camino de esperar a los Reyes en la Rambla. Boj antiguo. Sigue diciendo que aquel niño que quisiera ser favorecido por los Reyes orientales les tenia que escribir una carta rogándoles que no se olvidasen de él, y a la vez diciendo lo que más le complacería que le dejasen. Desde el presente siglo (el XX) las cartas se depositaban durante estos días en unos buzones especiales que todas las casas de venta de juguetes solían colocar en la puerta del establecimiento, algunas de las cuales eran figuras de rey de la época gótica, porque de esta manera se los imaginaba el pueblo. Los niños que iban a escuela tenían escribirlas ellos mismos, sin faltas, sin correcciones y sin manchas. A los más pequeños se las escribían los padres a cambio de formales promesas de ser buenos. Y en unas y otras se hacía constar que uno estaba dispuesto a ser bueno siempre jamás, a no disgustar jamás a los padres y a hacer caso al maestro. En todo el día, igual que en los próximos anteriores, entre la chiquillería no se hablaba de otra cosa que de "que te traeran los Reyes?", pregunta a la que cien veces tenian también que responder los padres para calmar el desasosiego de sus hijos ante alguna duda repentina provocada por un recuerdo inoportuno. Indudablemente, el día de hoy era el día del año que los niños eran más afectuosos, más cumplidores y mejores. A los Reyes se les iba a esperar, y como que era al anochecer había que ir con luces. En otros tiempos la chiquillería los esperaba fuera portales, a las salidas de las carreteras de Barcelona o de Francia -puesto que no se sabía exactamente por donde llegarían- portando "escobas" encendidas, que eran manojos de espliego que ellos mismos preparaban. Pero desde finales del siglo XIX se iba con farolillos que hoy se ponían a la venta en la parte de arriba de la Rambla, puestos en unos cuévanos que tenían una tela metálica en la boca para mantenerlos de pie. El farolillo típico era de forma piramidal truncada invertida, con caras de papel de variado colorido, con aristas de flecos y un lazo de papel en la parte baja a tocar la caña sustentadora, a menudo revestida de papel, venían a costar de uno a dos reales. Cuando empezaba a oscurecer salían de las casas los niños y las niñas, bien abrigados y llevando en las manos enfrioladas el farol iluminado, acompañados por sus padres o familiares que muy bajo les iban diciendo lo que tenían que cantar. Las inacabables filas se dirigían hacia la Rambla, las luces de la cual permanecían apagadas, mientras que la chiquillería de los arrabales, si hacía mala tarde, se reunían en la calle o plaza principal de la barriada. Por todas partes se oía el desacordado coro infantil entonando la típica canción de la jornada: ![]()
añadiéndose más tarde el verso:
o su variante:
alargándolo aún con este otro de procedencia selvatana: ![]()
no faltando grandillones que se complacían en un canto de escándalo en el que se precisaba que
La Rambla presentaba un aspecto magnífico, sobretodo en su parte alta. Centenares y centenares de farolillos de todos los colores oscilaban en la oscuridad en un vaivén continuado, formando un animado mosaico multicolor, una verdadera riada de luz polícroma que giraba y crecía por la afluencia de los que iban llegando por las calles adyacentes, al mismo tiempo que aumentaba la intensidad de los cantos que incansablemente repetían la vieja canción popular. Hacia las siete o siete y media, cuando el frio era más vivo, como que la gente menuda acostumbraba a estar cansada, empezaban a retirarse por donde habían venido. Poco a poco las calles se iban vaciando. Había llegado el momento álgido de las ilusiones, de los remordimientos ingenuos y de los arrepentimientos sinceros. Cautivados por la emoción que hasta les hacía perder las ganas de cenar, iban los pequeños a poner un plato en el balcón o en la ventana y, por si acaso, una cesta o una plata, no faltando los que para congraciarse con las Reales Majestades también ponían un poco de paja, un puñado de algarrobas o un vaso de agua para sus cabalgaduras. A los más tozudos en la pretensión de querer ver la comitiva real se les amenazaba diciéndoles que los Reyes, que todo lo saben, dejaban sin juguetes a los niños curiosos. Era un riesgo que ningún niño se atrevia a afrontar. Y cuando el mundo infantil dormia en la esperanza y soñaba trenes, tambores y muñecas, las quincallerias de la ciudad se llenaban a rebosar de reyes y reinas que iban a proveerse copiosamente con tal de convertir en realidades las ilusiones de sus inocentes hijos. Notas Fuente: "Girona, petita història de la ciutat i de les seves tradicions i folklore". J. Gibert. Barcelona, 1946. |
![]() Parada de farolillos. Reyes 2008. ![]() La llegada de los Reyes, con "escobas" encendidas. Boj antiguo. ![]() ![]() ![]() La mañana del día de Reyes: los juguetes. ![]() ![]() |
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